La media race es una carrera de 800 que monta la IAAF para que los periodistas puedan tener el lujo de correr en el tartán de Londres, donde deslumbran Van Niekerk, Bolt, Felix y… Makwala. Siento debilidad por el de Botswana, lo que no sabía es que, salvando mucha distancia, iba a vivir una situación similar a la suya…

Por supuesto, me apunté a la media race (con 170 personas) y me tocó la serie 14, con el belga Van Glabeke, un chaval con buena pinta, zapatillas de clavos y camiseta profesional. Hubo presentación oficial en las pantallas, igual que en las finales. Primer 400 en 1:02 y segundo en 1:07, 2:09.29 en apretado sprint con el colega del Benelux.

Al acabar hice el payaso. Por la simpatía con Makwala, hice una flexión (mucho menos enérgica) en su honor. Eso llamó mucho la atención a Dwight Phillips, campeón olímpico en longitud, que hacía de entrevistador. Cuando me habló Phillips estaba alucinado y me dijo: “¿Te gusta Makwala?”. Nervioso y reventado articulé: “He’s my idol (él es mi ídolo)”. Tras el subidón, vino la invasión del ácido láctico a mi cuerpo poco habituado.

Me fui en soledad al túnel de acceso al estadio, los minimoles de lactato me desbordaron y vacié el estómago. Dos voluntarias me vieron y me retuvieron. “¿Estás bien?”. Respondí: “Esto es normal, no pasa nada”. Y la británica replicó: “No te puedes ir”. “¿Cómo?”, dije. Era la psicosis y el protocolo por el norovirus gástrico que afecta a atletas en Londres y que ayer golpeó a Obiri y a Dibaba. El norovirus que impidió competir a Makwala en la final de 400 y que después lo hizo héroe.

Me retuvieron 20 minutos. Intenté escapar, no me dejaron. “¡Quédate!”. Me veía en un hospital, en cuarentena. Y llegó la doctora. “Estás bien. ¿En serio?”. “Qué sí, que he corrido los 800 y esto pasa”. Y tras unas cuantas preguntas me dejó ir, y yo me sentía Makwala.